viernes 30 de octubre de 2009

La noche del vu-déjà

En la trágica noche del 25 de Octubre de 2009 unos cuantos de quienes votamos por vez primera el 16 de abril de 1989 sufrimos un déjà -vu, esa sensación de estar viviendo algo repetido. Quienes no hemos podido olvidar jamás lo que sentimos aquella vez, cuando resultó ganador el voto amarillo en el primer plebiscito a la ley de caducidad, sabemos por experiencia propia que la sensación de tristeza, frustración y rabia nunca desaparece completamente. Nos hicimos adultos en los noventa, bajo la sombra de la impunidad y del gobierno del Cuqui.

Desde la madrugada del 26 me asalta la sensación de algo que vamos a volver a vivir (¿se le llama vu-déjà?). La renovada victoria de la impunidad y la posible nueva victoria del aggiornado Qki en un mismo mes, me provocan repentinos temblores en todo el cuerpo. Es que los uruguayos podemos ser tan nostálgicos como desmemoriados.

Esta noche me despierto gritando. Mi hija de tres años me alcanza un vaso de agua y me tranquiliza. Cuando mi respiración se normaliza, me pide con voz dulce que le cuente la pesadilla, para exorcizarla. Le hablo del candidato de la providencia gritando por cadena nacional la frase que más disfrutan los políticos orientales: “Los muertos que vos matáis gozan de buena salud”.

No me puedo despertar, por más que me pellizque.

jueves 8 de octubre de 2009

Crónicas fotográficas

El de la foto es John Bailey (Moberly, Missouri, 1942), veterano y prolífico director de fotografía de unas 70 películas entre las que se cuentan Mishima (1985), de Paul Schrader; Silverado (1985) y Turista Accidental (1988), de Lawrence Kasdan; Hechizo del Tiempo (1993), de Harold Ramis; y En la Línea de Fuego, de Wolfgang Petersen (1993). Escribe un blog en el sitio de la American Society of Cinematographers. Sus artículos son bien interesantes, porque si bien en principio podría parecer que escribe sólo para sus colegas o los aficionados a la fotografía, lo cierto es que terminan resultando atractivas para cualquier interesado en el arte cinematográfico, la historia del siglo XX y la cultura popular de Estados Unidos y –por influencia- del resto del mundo.

En “Route 66, Lucien Ballard and the Coleman”, por ejemplo, traza parte de la historia de la icónica Ruta que atraviesa el territorio norteamericano, rastrea pasado y presente del hermoso Teatro Coleman de Miami (no la metrópolis balnearia de Florida sino una pequeña ciudad de 13.000 habitantes en Oklahoma), y resume la trayectoria del notable director de fotografía Lucien Ballard (1908-1988), que incluye el haber colaborado con el maestro Sam Peckinpah (La Pandilla Salvaje, entre otras) y el haber creado un tipo de sombra especial para tapar la cicatriz del rostro de la actriz Merle Oberon, que sufriera un accidente en 1937 y con quien estuviera casado hasta 1949.

En “Product Recall: Kodachrome Fades” despide a la película Kodachrome, cuya discontinuidad anunció la compañía Eastman Kodak en junio pasado tras 50 años de predominancia en el arte de la fotografía fija a color. Fue con esta película, por ejemplo, que el fotógrafo Steve McCurry retrató a aquella niña afgana de poderosos ojos verdes, publicada en 1985 por la revista National Geographic. Bailey también aporta el dato de cuál es el único lugar en todo Estados Unidos que todavía revela película Kodachrome (en caso de que alguien conserve algún negativo): Dwayne’s Photo, en Parsons, Kansas. Y más adelante relata que, mientras estamos acostumbrados a ver material de archivo sobre la Segunda Guerra Mundial casi exclusivamente en blanco y negro, el director George Stevens (Gigante) registró en película Kodachrome de 16 milímetros nada menos que la invasión de Normandía, la liberación de París, la caída de Berlín y el descubrimiento del campo de concentración de Dachau. Todo este material estuvo “perdido” durante décadas hasta que fue descubierto en excelentes condiciones por su hijo, el productor George Stevens Jr., y editado como documental en DVD (Bailey incluso ofrece el link a Amazon para quien quiera comprarlo).

Hay más para leer y más para descubrir de la mano de este hombre que contagia su entusiasmo por la historia, la fotografía y el cine.

miércoles 15 de julio de 2009

Los economistas no lloran.


Claramente no estoy “alineado al plan estratégico”.


La CADU, el PACC, la OPP, el BID, el CLUSTER, los carteles luminosos que dicen “competitividad”, “internacionalización”, “liderazgo”, y los aparentemente imprescindibles, “planes de negocios”, y “consultorías extranjeras”, hasta el momento no han demostrado ni un sólo ejemplo de ayuda a la producción de películas en Uruguay.

Están alineadas para promover el negocio.

El negocio entendido en su forma más pura. Hacer objetos de consumo para comercializarlos exitosamente.

Muy lejos de donde un director grita ansioso “cámara corre”, los economistas consiguen deuda externa (que pagamos todos) para cubrir sus honorarios, solventar los gastos de consultorías y pagar la brillantina para el cartón pintado.



lunes 8 de junio de 2009

Un poco de humor

miércoles 3 de junio de 2009

Autos usados

La lógica del pitch se ha vuelto uno de los métodos de tortura más practicados dentro de seminarios, concursos y mercados de cine.

Peor aún, abundan los seminarios acerca de “¿cómo hacer un pitching exitoso?”.

Hacer un “pitch” consiste en enfrentarse generalmente a un grupo de productores no interesados en el proyecto de uno y hacer el esfuerzo de someterse a vendérselos como si se tratase de un auto usado y además en un tiempo record.

Cuando se “pitchea”, o mejor dicho, se “chamuya”, poco interesa la pieza artística que se pretende producir. Lo prioritario pasa a ser el magnetismo y la presencia escénica del orador.

Lejos está de nuestro cine este esquema esquizofrénicamente veloz de generar interés en nuestras historias en cinco o diez minutos. 

Vivimos en una ciudad de casas bajas, sin subterráneo ni autopistas. Siempre hay tiempo para tomar un café y hablar.

Me corre un frío por la espalda al escuchar que se plantea para próximas convocatorias de nuestro Instituto de Cine que se haga una sesión de pitch entre los proyectos mejor calificados.

¿Estamos hablando de cine? ¿O de una chevette del 91?

domingo 31 de mayo de 2009

Al margen

Quien más o menos siga desde la web algunas de las polémicas en torno al festival de Cannes, se hace una idea (apenas general) de por donde anda el cine en estos días. Cannes programa grandes nombres, o grandes historias, o sino historias provocadoras, de alto impacto. Cada vez que termina Cannes, la crítica internacional hace un sesudo análisis de que es lo que está pasando con el arte cinematográfico, en el entendido de que Cannes sigue siendo el festival más importante del mundo, allí donde los consagrados quieren estrenar sus últimas realizaciones y donde los que están empezando aspiran a ser descubiertos. Hay otros festivales grandes y de importancia pero no le hacen sombra. A nivel regional, pasa un poco lo mismo con el BAFICI: apenas termina críticos, bloggeros y comentaristas de todo tipo se dedican a hacer elaboraciones de lo que puede estar pasando con el cine argentino.

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Se estrenó Gigante en Uruguay, película dirigida por Adrián Biniez, precedida por los múltiples premios que obtuvo en el festival de Berlín. Berlín, que es un festival de clase A como Cannes, es además el festival que tiene más audiencia del mundo. El más popular. Además de entregar los famosos osos de oro y de plata, el jurado internacional de Berlín otorga un premio especial: el Alfred Bauer que reconoce innovaciones al arte cinematográfico (“opens new perspectives in the art of filmmaking”, según consta en el sitio oficial). No es fácil que una película quede seleccionada en un festival de la importancia de Cannes o Berlín. No hay fórmula festivalera que lo asegure, como mucha gente parece creer con pasmosa ingenuidad. A no ser que te llames Lars o Gaspar. Menos fácil es obtener en esos festivales algún premio (incluso llamándote Lars o Gaspar). También en el sitio oficial de la Berlinale puede leerse la declaración que hizo el jurado al momento de justificar su decisión para otorgar el premio Alfred Bauer: “The jury has unanimously this year decided to give the Alfred Bauer Prize to two films and two directors. One of these directors is an old master with 60 years of experience in film-making. But he is still young and courageous in mind when developing new ways of film-making. He does not even hesitate to involve himself in his movie. The other director is a young man, here in Berlin with his first feature film, but imbued with the same passion to use cinema to do what cinema can do best: to tell important stories about our time and the human condition."

El viejo maestro es Andrzej Wajda. El joven director con su ópera prima es Adrián Biniez.

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En mi humilde opinión, que no soy ni pretendo ser jurado de nada, Gigante vale cada peso gastado en la entrada. La disfruté de punta a punta. Es una película de género (su propio director la define como una comedia romántica) y está hecha con el estilo hasta ahora característico de las películas de la productora Control Z, lo que en si mismo no es ni bueno ni malo. Comparten una forma de ver y entender el cine. Aún así, sus películas son todas diferentes entre si aunque tengan elementos estilísticos en común.

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Me frustran algunas críticas que he leído sobre Gigante, no tanto por lo que dicen sino por lo que no dicen. Hay una (1) que dedica dos terceras partes de su extensión para hablar muy bien de los actores, del lucimiento de los rubros técnicos, del uso del idioma uruguayizado, para después decir, ya sobre el final, que se trata de una película de narrativa convencional que presenta un “personaje improbable a quien la existencia de oprimido y opresor no parece haberle dejado cualquier secuela incómoda”. Supongo, mientras leo (spoiler here), que el crítico no esta pidiendo que el gigante Jara, en vez de golpear a un empleado y destruir un par de góndolas del supermercado, debiera haber salido a dispararle a los patrones, cuyas manchas de sangre eventualmente podrían caer sobre algún producto de limpieza a modo de metáfora visual. En tal caso, estaríamos hablando de una película totalmente diferente y no de una comedia romántica. El cronista se queja de la falta de conciencia de clase del protagonista (aunque en varios momentos de la película parece claro que no es así), y sugiere que eso lo convierte en un ser improbable. No de estoy de acuerdo (aún reconociendo que me hizo algo de ruido la cuestión sindical). Quizás la observación deba leerse sobre todo como una crítica a la temática elegida y a su encare, y lo que disgusta al crítico es la ‘liviandad’ del tema (se habla de cine de arte light en obvia contraposición con un cine de arte ¿hard?, grave e importante). Cuando la nota empieza a plantear, con respeto, sus reparos … se termina. Elude la discusión, a pesar de abrir otro frente en su último párrafo cuando habla de esquemas desgastados y de estructuras desgastadas de ‘la mayor parte de los grandes festivales de cine’. Es una reflexión que, me parece, merece un análisis más profundo, pero el espacio se terminó justo cuando nacía la polémica.

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Cada vez que se estrena una película nacional se arma terrible merengue en el foro de Cartelera. Allí no opinan los críticos, supongo. Es un espacio abierto para que aquellos que tengan algo para comentar sobre las películas lo puedan hacer libremente, respetando usos y costumbres. Cuando la susodicha película es uruguaya, el partido se enrarece al toque. El moderador termina pidiendo calma y censurando mensajes por su contenido agresivo. El cine despierta pasiones, está claro. Esas pasiones pueden eventualmente derivar hacia cuestiones personales. Pasa en innumerables discusiones de bar, tal vez con un par de copas encima. (Ejemplo: ‘Ta bien, Moulin rouge será una cagada pero vos sos un gordo cornudo y además se te quemó el cerebro, enfermito’). Conozco gente capaz de dejar de dirigirte la palabra de por vida si declarás tus dudas sobre las bondades cinematográficas de alguna película que integre su top ten. Es muy posible que si atacan a una película que amamos nos ofendamos como si nos atacaran a nosotros mismos, sobre todo cuando se hace con argumentos pobres o contradictorios. El foro de cartelera, que se ha mantenido a lo largo de varios años, podría ser un espacio ideal (no hay limitaciones de espacio, todos pueden opinar libremente) para contrastar ideas y discutirlas con altura sobre los temas que hacen al cine. Pero la realidad es que desde los dos o tres primeros comentarios prima el comportamiento de barra brava. El fanatismo es por momentos extremo, en general poco argumentativo, desconcertante, histérico, irritante, primitivo. Sucede ahora con Gigante, pero también ocurrió con otras películas uruguayas muy diferentes en forma y contenido a la de Adrián Biniez (El baño del papa, Polvo nuestro y un largo etcétera; los links pueden encontrarse en la web). No es la primera vez ni será la última.

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La discusión de fondo que se plantea (al pasar) en las críticas (incluso en las positivas) y en el foro (mayormente a los gritos) es sobre el cine que nos gustaría que se hiciera en Uruguay, y más en general: sobre el cine que nos gustaría que se hiciera, a secas. El tema también pasa por los números: en Uruguay no se hacen tantas películas. Dos o tres estrenos por año ha sido la norma; a lo mejor ahora, ley de cine mediante, sean cuatro. No hay festival al que esperar para ver en que está nuestro cine (o mejor dicho: nuestras películas), entonces cada estreno nacional parece ser una oportunidad para tomar partido como si el mundo se acabara el viernes. Seguramente antes hay que plantear una pregunta más práctica y antipática: ¿qué tipo de cine es posible hacer en Uruguay?, buscando respuestas más allá de la obvia (y..., el cine que se hace). Habrá que entender como se financian las películas en este país, entender que premian los fondos públicos nacionales, entender que premian los fondos internacionales, que historias buscan los eventuales coproductores, que se elije en los festivales, etc. Si, reflexionar sobre las historias que queremos contar, sobre como las queremos contar, pero también sobre como hacer para contarlas.

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(1) La crítica mencionada en el post está firmada por Guilherme de Alencar Pinto, publicada en La Diaria el 27/05/09

martes 19 de mayo de 2009

Choronga

En la revista argentina El Amante/Cine acuñaron el término 'cine choronga' a partir del bodrio Las invasiones bárbaras, y más tarde lo recuperaron con Match point. En estos videos explican el alcance de la expresión.



martes 10 de marzo de 2009

The limits of control

Lo nuevo de Jim Jarmusch, The limits of control, se estrena en Estados Unidos el 22 de mayo. Es un sugestivo thriller filmado en España y protagonizado por Isaach De Bankolé, Luis Tosar, Tilda Swinton, John Hurt, Gael García Bernal y Bill Murray. He aquí un adelanto.


jueves 26 de febrero de 2009

Con lista propia

La primera encuesta mundial sobre los 100 mejores títulos del cine iberoamericano, ha elegido a la cubana "Memorias del subdesarrollo", dirigida en 1968 por Tomás Gutiérrez Alea, como la cinta latina más destacada de la Historia, seguida por la hispano-mexicana "El laberinto del fauno" (2006), de Guillermo del Toro, y la mexicana "Los olvidados" (1950), de Luis Buñuel.

La encuesta fue respondida por profesionales del cine, críticos, periodistas, organizadores de festivales y aficionados en general de todo el mundo, vía correo electrónico y por votación directa de los finalistas en el sitio NOTICINE.com. En total, más de 500 personas ampliaron una primera lista propuesta por el medio informativo y eligieron a sus favoritas.

Entre las diez películas más votadas en un proceso que duró cerca de dos meses, hay tres mexicanas, otras tantas brasileñas, dos cubanas, dos españolas y una argentina. Solo dos películas uruguayas integran el resto de la lista, las que hizo la dupla Juan Pablo Rebella-Pablo Stoll: "Whisky" (en el lugar 24) y "25 Watts" (en el 65).

"Como ha ocurrido con algunas encuestas recientes en Estados Unidos -explica Jon Apaolaza, editor de NOTICINE.com- la mayoría de los títulos que las personas recuerdan y valoran son de las décadas más recientes, lo que demuestra por un lado la dificultad de acceder a títulos clásicos iberoamericanos y por otra el despegue técnico-artístico que ha tenido el cine latino en los últimos 25 años para mejorar su calidad y poder codearse con cualquier otra filmografía".

Más allá de coincidir o no con la selección (anoto dos disparates: que la -para mi gusto- sobrevalorada “El laberinto del fauno” ocupe el segundo lugar, y que ni “Gatica el mono”, de Leonardo Favio, ni “La Ciénaga”, de Lucrecia Martel, integren la lista) el resultado es una buena oportunidad para debatir sobre el estado del cine latinoamericano. ¿Existe tal cosa como “un cine latinoamericano”? ¿Debería este cine latinoamericano diferenciarse necesariamente del llamado “cine industrial”? ¿O el desafío está en parecérsele cada día más? No deja de llamar la atención el hecho de que muchas de las películas elegidas (sobre todo en los primeros lugares) han sido premiadas o nominadas con el Oscar de la Academia de Hollywood a mejor película extranjera u otros rubros. ¿Será que estas son realmente las mejores películas iberoamericanas o que el público considera como "mejores" aquellas que han sido "legitimadas" por conocidos premios internacionales?

Algunas anotaciones a los resultados de la encuesta:

- "Los olvidados", en la tercera plaza, se considera la mejor película del aragonés Luis Buñuel, por delante de "El ángel exterminador" y "Viridiana".

- Para los participantes en la encuesta, el cineasta vivo más citado, Pedro Almodóvar, hizo su mejor obra en "Todo sobre mi madre" (5ª), seguida por "Mujeres al borde de un ataque de nervios" y "Volver".

- La cinta más antigua que incluye la lista es la mexicana "Nosotros los pobres", de 1947, dirigida por Ismael Rodríguez (puesto 81), y las más recientes la brasileña "Tropa de elite", de José Padilha (76), y la colombiana "La ministra inmoral", de Julio Luzardo (100), ambas de 2007.

- Las décadas en las que se produjeron más películas incluidas en la lista de las 100 mejores son las de los años 90 (31), 2000 (23) y 60 (16).

- El mayor número de votos para la encuesta llegaron desde España, México y Cuba.

LAS 100 MEJORES PELÍCULAS DEL CINE IBEROAMERICANO (según esta encuesta)

1. "Memorias del subdesarrollo" de Tomás Gutiérrez Alea, 1968 (Cuba)
2. "El laberinto del fauno" de Guillermo del Toro, 2006 (España/México)
3. "Los olvidados" de Luis Buñuel, 1950 (México)
4. "Ciudad de Dios" de Fernando Meirelles, 2002 (Brasil)
5. "Todo sobre mi madre" de Pedro Almodóvar, 1999 (España)
6. "El ángel exterminador" de Luis Buñuel, 1962 (México)
7. "Fresa y chocolate" de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, 1994 (Cuba)
8. "Estación Central" de Walter Salles, 1998 (Brasil)
9. "La historia oficial" de Luis Puenzo, 1985 (Argentina)
10. "Doña Flor y sus dos maridos" de Bruno Barreto, 1976 (Brasil)

11. "Belle epoque" de Fernando Trueba, 1992 (España)
12. "Lucía" de Humberto Solás, 1968 (Cuba)
13. "Mar adentro" de Alejandro Amenábar, 2004 (España)
14. "El espíritu de la colmena" de Víctor Erice, 1973 (España)
15. "La estrategia del caracol" de Sergio Cabrera, 1993 (Colombia)
16. "Mujeres al borde de un ataque de nervios" de Pedro Almodóvar, 1988 (España)
17. "El hijo de la novia" de Juan José Campanella, 2001 (Argentina)
18. "Bienvenido Mister Marshall" de Luis García Berlanga, 1953 (España)
19. "Pantaleón y las visitadoras" de Francisco Lombardi, 2000 (Perú)
20. "Viridiana" de Luis Buñuel, 1961 (España)
21. "Amores perros", de Alejandro González Iñárritu, 2000 (México)
22. "Suite Habana" de Fernando Pérez, 2003 (Cuba)
23. "La ciudad y los perros" de Francisco Lombardi, 1985 (Perú)
24. "Whisky" de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, 2004 (Uruguay)
25. "Como agua para chocolate" de Alfonso Arau, 1992 (México)
26. "El callejón de los milagros" de Jorge Fons, 1995 (México)
27. "El crimen del padre Amaro", de Carlos Carrera, 2001 (México)
28. "El lado oscuro del corazón" de Eliseo Subiela, 1992 (Argentina)
29. "Historias mínimas", de Carlos Sorín, 2002 (Argentina)
30. "La lengua de las mariposas" de José Luis Cuerda, 1999 (España)
31. "Profundo carmesí" de Arturo Ripstein, 1996 (México)
32. "Tierra en Trance" de Glauber Rocha, 1967 (Brasil)
33. "Y tu mamá también", de Alfonso Cuarón, 2001 (México)
34. "Bye, Bye Brasil" de Carlos Diegues, 1979 (Brasil)
35. "Guantanamera" de Tomás Gutiérrez Alea y Juan Carlos Tabío, 1995 (Cuba)
36. "El beso de la mujer araña" de Héctor Babenco, 1985 (Brasil)
37. "La ley de Herodes" de Luis Estrada, 1999 (México)
38. "Nueve Reinas" de Fabián Bielinski, 2000 (Argentina)
39. "La vendedora de rosas" de Víctor Gaviria, 1990 (Colombia)
40. "Vidas secas" de Nelson Pereira dos Santos, 1963 (Brasil)
41. "Volver" de Pedro Almodóvar, 2006 (España)
42. "La vida es silbar" de Fernando Pérez, 1998 (Cuba)
43. "El día de la bestia" de Alex de la Iglesia, 1995 (España)
44. "Crónicas" de Sebastián Cordero, 2004 (Ecuador)
45. "Frida, naturaleza viva" de Paul Leduc, 1986 (México)
46. "Jamón, jamón" de Bigas Luna, 1992 (España)
47. "La Gente de la Universal" de Felipe Aljure, 1991 (Colombia)
48. "Los amantes del círculo polar" de Julio Medem, 1998 (España)
49. "Plata quemada" de Marcelo Piñeyro, 2000 (Argentina)
50. "Vampiros en La Habana" de Juan Padrón, 1985 (Cuba)

51. "Arrebato" de Iván Zulueta, 1980 (España)
52. "Canoa" de Felipe Cazal, 1975 (México)
53. "El" de Luis Buñuel, 1953 (México)
54. "Deus e o Diabo na terra do sol" de Glauber Rocha, 1964 (Brasil)
55. "La hora de los hornos" de Octavio Getino y Fernando Solanas, 1968 (Argentina)
56. "El Sur" de Víctor Erice, 1983 (España)
57. "Satanás", de Andrés Baiz, 2007 (Colombia)
58. "Rodrigo D No futuro", de Víctor Gaviria, 1990 (Colombia)
59. "La batalla de Chile" de Patricio Guzmán, 1975-9 (Chile)
60. "Diarios de motocicleta" de Walter Salles, 2004 (Brasil)
61. "Crónica de un niño solo" de Leonardo Favio, 1965 (Argentina)
62. "El norte" de Gregory Nava, 1983 (Estados Unidos)
63. "Jerico" de Luis Alberto Lamata, 1990 (Venezuela)
64. "El abrazo partido" de Daniel Burman, 2004 (Argentina)
65. "25 Watts" de Juan Pablo Rebella y Pablo Stoll, 2001 (Uruguay)
66. "Cuestión de Fe" de Marcos Loayza, 1995 (Bolivia)
67. "La nación clandestina" de Jorge Sanjinés, 1989 (Bolivia)
68. "El chacal de Nahueltoro" de Miguel Littín, 1969 (Chile)
69. "Hable con ella" de Pedro Almodóvar, 2002 (España)
70. "Retrato de Teresa" de Pastor Vega, 1979 (Cuba)
71. "Cronos" de Guillermo del Toro, 1993 (México)
72. "Boquitas pintadas" de Leopoldo Torre-Nilson, 1974 (Argentina)
73. "El verdugo" de Luis García Berlanga, 1963 (España)
74. "Ese oscuro objeto del deseo", de Luis Buñuel, 1977 (España/Francia)
75. "La muerte de un burocrata" de Tomás Gutiérrez Alea, 1966 (Cuba)
76. "Tropa de elite" de Jose Padilha, 2007 (Brasil)
77. "Asignatura pendiente" de José Luis Garci, 1978 (España)
78. "La Caza" de Carlos Saura, 1965 (España)
79. "La última Cena" de Tomás Gutiérrez Alea, 1976 (Cuba)
80. "La ley del deseo" de Pedro Almodóvar, 1987 (España)
81. "Nosotros los pobres" de Ismael Rodríguez, 1947 (México)
82. "El cochecito" de Marco Ferreri, 1960 (España)
83. "Bajo California: El límite del tiempo" de Carlos Bolado, 1998 (México)
84. "El pez que fuma" de Roman Chalbaud, 1977 (Venezuela)
85. "Martín (Hache)" de Adolfo Aristarain, 1997 (Argentina)
86. "Japón" de Carlos Reygadas, 2002 (México)
87. "Lo que le pasó a Santiago" de Jacobo Morales, 1989 (Puerto Rico)
88. "Alicia en el pueblo de Maravillas" de Daniel Díaz Torres, 1991 (Cuba)
89. "Un lugar en el mundo" de Adolfo Aristarain, 1992 (Argentina)
90. "Deprisa, deprisa" de Carlos Saura, 1981 (España)
91. "El chacotero sentimental", de Cristián Galaz, 1999 (Chile)
92. "El romance del Aniceto y la Francisca" de Leonardo Favio, 1967 (Argentina)
93. "Carandirú" de Héctor Babenco, 2003 (Brasil)
94. "Confesión a Laura" de Jaime Osorio, 1990 (Colombia)
95. "De cierta manera" de Sara Gómez, J. G. Espinosa, T. G. Alea..., 1974 (Cuba)
96. "Caluga o menta" de Gonzalo Justiniano, 1990 (Chile)
97. "El colombian dream" de Felipe Aljure, 2005 (Colombia)
98. "Antonio das Mortes" de Glauber Rocha, 1969 (Brasil)
99. "Amaneció de golpe" de Carlos Azpúrua, 1998 (Venezuela)
100. "La ministra inmoral" de Julio Luzardo, 2007 (Colombia)

lunes 2 de febrero de 2009

Monsieur Hitchcock

No vi a Hitchcock durante 1978, por eso la velada de homenaje que se le dedicó en el Beverly Hilton, el 7 de marzo de 1979 por el American Film Institute con el título, a la vez glorioso y fúnebre de “Life Achievement Award”, me deja un recuerdo siniestro, siniestro y macabro, como a todos los que asistieron, aunque la cadena C.B.S., utilizando diferentes trucos de montaje, consiguió exhibir dos días más tarde, para los telespectadores, una versión que salvaba las apariencias. Sabiéndose ya condenada por el cáncer, Ingrid Bergman, que presidía y animaba la velada, se sintió consternada al ver a Hitchcock y a su mujer en un estado tan deplorable. Entre bastidores, Ingrid murmuraba: “¿Por qué organizan siempre este tipo de homenajes cuando es demasiado tarde?”. Puesto que estaba allí para eso, yo también contribuí con mi pequeño discurso a provocar una sonrisa: “En Norteamérica llaman a este hombre Hitch. En Francia lo llamamos Monsieur Hitchcock…”, pero el corazón no participaba. Ante la alta sociedad de Hollywood que le rendía homenaje mediante anécdotas, fragmentos de película, brindis, Alfred y Alma Hitchcock hacían acto de presencia, pero sus espíritus no estaban allí, apenas estaban más vivos que la madre de Anthony Perkins disecada en la bodega de la casa gótica.
Dos semanas después, resignado a la idea de que ya no podría rodar de nuevo, Hitchcock cerró su despacho, despidió a sus empleados y volvió a su casa. La reina de Inglaterra lo nombró sir Alfred, igualando así la vieja competición secreta con otro genial “chico” de Londres, Charles Chaplin. A sir Alfred no le quedaba más que esperar la muerte, y algunos vodkas prohibidos propiciaron que viniera más rápidamente. Llegó el 29 de abril de 1980.

Cuando quiero olvidar al Hitchcock de los años de decadencia, vuelvo hacia atrás, exactamente seis años antes de su muerte, en la fiesta del 29 de Abril de 1974 en el Avery Fisher Hall del Lincoln Center, donde la New York Film Society le dedicó su gala anual. Aquella fiesta realmente fue estimulante. Pudimos ver en tres horas de espectáculo un centenar de fragmentos de sus películas, todos sus “trozos de audacia” agrupados en diferentes rúbricas: “The Screen Cameos” (las apariciones de Hitchcock en sus películas), “The Chase” (las persecuciones), “The Bad Guys”, los asesinatos, las escenas de amor y dos grandes escenas en su integridad que me pidieron que presentara: el “cymbal crash” (el golpe en los platillos) de El hombre que sabía demasiado y el avión de Con la muerte en los talones atacando a Cary Grant. Cada serie de fragmentos de película estaba precedida por una breve alocución realizada por las más bellas actrices hitchockianas: Grace Kelly, Joan Fontaine, Teresa Wright, Janet Leigh y algunos amigos.
Lo que me sorprendió aquella tarde, al volver a ver todos aquellos fragmentos de películas que yo conocía de memoria, pero, por una noche, aislados de su contexto, es a la vez la sinceridad y el salvajismo de la obra hitchcockiana. Era imposible no ver que todas las escenas de amor fueron filmadas como escenas de asesinato y todas las escenas de asesinato como escenas de amor. Conocía esa obra, creía conocerla muy bien y me sentí terriblemente impresionado ante lo que estaba viendo. En la pantalla no todo eran salpicaduras, fuegos artificiales, eyaculaciones, suspiros, lamentos, gritos, pérdidas de sangre, lágrimas, brazos retorcidos, y me pareció que, en el cine de Hitchcock, sin duda alguna más sexual que sensual, hacer el amor y morir es lo mismo.
Al final de la fiesta, mientras que sonaban con fuerza los aplausos, se suponía que Hitchcock iba a pronunciar unas palabras en el escenario. Para sorpresa de todos, la luz se apagó de nuevo y Hitchcock apareció, pero … ¡en la pantalla!. El mismo había rodado, unos días antes en los estudios de la Universal, su agradecimiento final, con una cortina de fondo. Cuando la luz se encendió por segunda vez, un foco de dirigió hacia el palco donde se encontraba junto a su mujer Alma. Como presionamos para que dijera algo, aceptó pronunciar estas palabras: “As you have seen on the screen, scissors are the best way”. Era una declaración de doble sentido, como las que a Hitchcock le gustaban; por una parte quería decir que la escena del asesinato de Dial M for Murder (Grace Kelly hundiendo un par de tijeras entre los omoplatos del chantajista) era la de más efecto y, por otra parte, la frase rendía homenaje a la labor de montaje, ¡que se hace en la “cutting room” con unas tijeras!.
Hoy día la obra de Alfred Hitchcock ha creado escuela, lo que es normal, porque se trata de un maestro, pero como siempre, sólo se imita lo que se puede imitar: la elección del material, algunas veces la manera de utilizar ese material, pero no el espíritu que lo impregnaba.
Mucha gente sólo ve en Hitchcock la ciencia, la habilidad, pero ignora lo que, con el paso del tiempo, más me impresiona en él: su profunda emotividad.
Hitchcock no tenía nada de artista maldito o incomprendido porque fue un cineasta público e incluso popular. ¿Se podrá pensar que utilizo la paradoja si incluyo entre los méritos de Hitchcock el de haber sido un artista comercial? Desde luego, no es difícil obtener la adhesión de la masa del público cuando hacen gracia los mismos chistes, cuando se es sensible a las mismas situaciones de la vida, o se emociona uno con los mismos dramas. El entendimiento entre determinados creadores y su público es la base de las trayectorias artísticas felices y sin complicaciones. Para mí Hitchcock no perteneció a esa categoría porque era un hombre especial por su físico, su espíritu, su moral y sus obsesiones. Era, a diferencia de Chaplin, Ford, Rossellini, o Hawks, un neurótico y no debió de resultarle fácil imponer su neurosis al mundo entero.
Cuando se dio cuenta, siendo adolescente, de que su físico lo marginaba, Hitchcock se retiró del mundo para mirarlo con una severidad inaudita. Cuando digo que practicó el cine como una religión, no estoy exagerando porque el mismo alude, al menos dos veces en este libro, a esa idea: “Cuando las pesadas puertas del estudio se cerraron detrás de mi…”
En una frase del diálogo de La sombra de una duda, cuando se dice: “El mundo es una porquería…” es Hitchcock, evidentemente, el que se expresa por boca de Joseph Cotten. Lo descubro de nuevo cuando Claude Rains, a media noche, como un niño culpable, entra tímidamente en la habitación de su madre para confesarle: “Mamá, me he casado con una espía norteamericana…” Me encuentro otra vez con él en I Confess cuando el sacristán asesino le dice a su mujer (que precisamente se llama Alma y que es presentada con un ángel): “Somos extranjeros, hemos encontrado trabajo en este país, no debemos hacernos notar…” Por último, a lo largo de Marnie la ladrona, sin duda su última película totalmente sentida, detrás de Sean Connery intentando controlar, dominar y poseer a Tippi Hedren, investigando su vida, facilitándole trabajo y dinero, es evidentemente Hitchcock-Pigmalión ridiculizado quién cuenta su propia historia.
En otras palabras, no es la aparición ritual de Hitchcock atravesando en rápidas viñetas cada una de sus películas lo que me interesa, sino los momentos en los que creo ver expresadas sus emociones personales, toda su violencia contenida y por fin liberada. Creo que todos los cineastas interesantes – aquellos que llamábamos autores en “Cahiers du Cinéma”, en 1955, antes de que la expresión fuera desviada- se ocultan en algunos personajes de sus películas. Alfred Hitchcock realizaba una verdadera proeza cuando llevaba al público a identificarse con el joven seductor protagonista mientras que él, Hitchcock, casi siempre se identificaba con el segundo papel, con el hombre engañado, decepcionado, asesino o monstruo, el hombre rechazado por los demás, el que no tiene derecho a amar, el que mira sin participar.
André Bazin no era un admirador incondicional de Hitchcock, pero le agradezco que, hablando de él, haya utilizado la palabra clave: equilibrio. Todo el mundo conoce la silueta de Hitchcock, la de un hombre que ha vivido siempre con miedo a perder el equilibrio. En Los Angeles tuve la suerte de encontrarme, antes de que muriera, con un viejo padre jesuita, el profesor Hugh Gray que fue, a la vez, el primer traductor de André Bazin en Norteamérica y condiscípulo de Hitchcock, en el colegio, regordete, que se quedaba aparte en el patio del recreo. Apoyado en la pared, observaba como sus jóvenes compañeros jugaban al balón, con cierto menosprecio, con las dos manos ya cruzadas sobre el vientre.
Está claro que Hitchcock se organizó la vida para que a nadie se le ocurriera darle una palmadita en la espalda. David O. Selznick lo entendió muy bien cuando le escribió a su mujer en 1938: “Por fin he encontrado a Hitchcock. Es un hombre más bien simpático, pero no pertenece a ese tipo de personas con las que uno se va de camping”
Por eso, la imagen hitchcockiana por excelencia es la de un hombre inocente al que confunden con otro, al que persiguen y que se encuentra luego cayendo de un tejado y colgado de un alero que está a punto de romperse.
Este hombre a quien el miedo impulsó a contar las historias más terroríficas, este hombre que se casó virgen a los veinticinco años y que no conoció más mujer que la suya, sí, sólo este hombre ha podido representar el asesinato y el adulterio como escándalos, sólo él sabía hacerlo, y sólo él tenía derecho a hacerlo.
Hitchcock no se ha preocupado nunca por saber lo que dicen exactamente sus películas – y menos aún por comunicarlo- pero ningún cineasta supo mejor que él describir, a través de las respuestas a las preguntas que Helen Scott y yo le hacíamos, los vericuetos que había seguido para escoger aquellas historias que le gustaba contarse a sí mismo al mismo tiempo que nos las contaba a nosotros, los espectadores.
Cuando fue inventado el cine, primero sirvió para filmar la vida, era entonces una prolongación de la fotografía. Se convirtió en arte cuando dejó atrás el documental. Ya hemos comprendido que no se trata de reproducir la vida, sino de intensificarla. Los cineastas del mundo inventaron todo y los que no fueron capaces de inventar, tuvieron que renunciar. Alfred Hitchcock se lamentaba a menudo del paso atrás que se produjo con la aparición del cine sonoro, cuando se contrataba a directores de teatro que no se preocupaban por visualizar las historias y se contentaban con grabarlas en el celuloide.
Hitchcock pertenecía a otra familia, la de Chaplin, Stroheim, Lubistsch. Como ellos, no se ha contentado con practicar un arte, sino que se ha dedicado a profundizar en él, a establecer unas leyes más estrictas que las que rigen en la novela.

Hitchcock no sólo ha intensificado la vida, ha intensificado también el cine.

Francois Truffaut – 1983

Extraído del final del libro “Hitchcock – Truffaut” (Edición Definitiva)

Links
Prólogo a la edición definitiva por Francois Truffaut
Grabaciones originales entre Hitchcock, Truffaut y H. Scott (The Hitchcock-Truffaut Tapes)
Discurso de Truffaut en el 'macabro' homenaje de AFI a Hitchcock