No vi a Hitchcock durante 1978, por eso la velada de homenaje que se le dedicó en el Beverly Hilton, el 7 de marzo de 1979 por el American Film Institute con el título, a la vez glorioso y fúnebre de “Life Achievement Award”, me deja un recuerdo siniestro, siniestro y macabro, como a todos los que asistieron, aunque la cadena C.B.S., utilizando diferentes trucos de montaje, consiguió exhibir dos días más tarde, para los telespectadores, una versión que salvaba las apariencias. Sabiéndose ya condenada por el cáncer, Ingrid Bergman, que presidía y animaba la velada, se sintió consternada al ver a Hitchcock y a su mujer en un estado tan deplorable. Entre bastidores, Ingrid murmuraba: “¿Por qué organizan siempre este tipo de homenajes cuando es demasiado tarde?”. Puesto que estaba allí para eso, yo también contribuí con mi pequeño discurso a provocar una sonrisa: “En Norteamérica llaman a este hombre Hitch. En Francia lo llamamos Monsieur Hitchcock…”, pero el corazón no participaba. Ante la alta sociedad de Hollywood que le rendía homenaje mediante anécdotas, fragmentos de película, brindis, Alfred y Alma Hitchcock hacían acto de presencia, pero sus espíritus no estaban allí, apenas estaban más vivos que la madre de Anthony Perkins disecada en la bodega de la casa gótica.
Dos semanas después, resignado a la idea de que ya no podría rodar de nuevo, Hitchcock cerró su despacho, despidió a sus empleados y volvió a su casa. La reina de Inglaterra lo nombró sir Alfred, igualando así la vieja competición secreta con otro genial “chico” de Londres, Charles Chaplin. A sir Alfred no le quedaba más que esperar la muerte, y algunos vodkas prohibidos propiciaron que viniera más rápidamente. Llegó el 29 de abril de 1980.
Cuando quiero olvidar al Hitchcock de los años de decadencia, vuelvo hacia atrás, exactamente seis años antes de su muerte, en la fiesta del 29 de Abril de 1974 en el Avery Fisher Hall del Lincoln Center, donde la New York Film Society le dedicó su gala anual. Aquella fiesta realmente fue estimulante. Pudimos ver en tres horas de espectáculo un centenar de fragmentos de sus películas, todos sus “trozos de audacia” agrupados en diferentes rúbricas: “The Screen Cameos” (las apariciones de Hitchcock en sus películas), “The Chase” (las persecuciones), “The Bad Guys”, los asesinatos, las escenas de amor y dos grandes escenas en su integridad que me pidieron que presentara: el “cymbal crash” (el golpe en los platillos) de El hombre que sabía demasiado y el avión de Con la muerte en los talones atacando a Cary Grant. Cada serie de fragmentos de película estaba precedida por una breve alocución realizada por las más bellas actrices hitchockianas: Grace Kelly, Joan Fontaine, Teresa Wright, Janet Leigh y algunos amigos.
Lo que me sorprendió aquella tarde, al volver a ver todos aquellos fragmentos de películas que yo conocía de memoria, pero, por una noche, aislados de su contexto, es a la vez la sinceridad y el salvajismo de la obra hitchcockiana. Era imposible no ver que todas las escenas de amor fueron filmadas como escenas de asesinato y todas las escenas de asesinato como escenas de amor. Conocía esa obra, creía conocerla muy bien y me sentí terriblemente impresionado ante lo que estaba viendo. En la pantalla no todo eran salpicaduras, fuegos artificiales, eyaculaciones, suspiros, lamentos, gritos, pérdidas de sangre, lágrimas, brazos retorcidos, y me pareció que, en el cine de Hitchcock, sin duda alguna más sexual que sensual, hacer el amor y morir es lo mismo.
Al final de la fiesta, mientras que sonaban con fuerza los aplausos, se suponía que Hitchcock iba a pronunciar unas palabras en el escenario. Para sorpresa de todos, la luz se apagó de nuevo y Hitchcock apareció, pero … ¡en la pantalla!. El mismo había rodado, unos días antes en los estudios de la Universal, su agradecimiento final, con una cortina de fondo. Cuando la luz se encendió por segunda vez, un foco de dirigió hacia el palco donde se encontraba junto a su mujer Alma. Como presionamos para que dijera algo, aceptó pronunciar estas palabras: “As you have seen on the screen, scissors are the best way”. Era una declaración de doble sentido, como las que a Hitchcock le gustaban; por una parte quería decir que la escena del asesinato de Dial M for Murder (Grace Kelly hundiendo un par de tijeras entre los omoplatos del chantajista) era la de más efecto y, por otra parte, la frase rendía homenaje a la labor de montaje, ¡que se hace en la “cutting room” con unas tijeras!.
Hoy día la obra de Alfred Hitchcock ha creado escuela, lo que es normal, porque se trata de un maestro, pero como siempre, sólo se imita lo que se puede imitar: la elección del material, algunas veces la manera de utilizar ese material, pero no el espíritu que lo impregnaba.
Mucha gente sólo ve en Hitchcock la ciencia, la habilidad, pero ignora lo que, con el paso del tiempo, más me impresiona en él: su profunda emotividad.
Hitchcock no tenía nada de artista maldito o incomprendido porque fue un cineasta público e incluso popular. ¿Se podrá pensar que utilizo la paradoja si incluyo entre los méritos de Hitchcock el de haber sido un artista comercial? Desde luego, no es difícil obtener la adhesión de la masa del público cuando hacen gracia los mismos chistes, cuando se es sensible a las mismas situaciones de la vida, o se emociona uno con los mismos dramas. El entendimiento entre determinados creadores y su público es la base de las trayectorias artísticas felices y sin complicaciones. Para mí Hitchcock no perteneció a esa categoría porque era un hombre especial por su físico, su espíritu, su moral y sus obsesiones. Era, a diferencia de Chaplin, Ford, Rossellini, o Hawks, un neurótico y no debió de resultarle fácil imponer su neurosis al mundo entero.
Cuando se dio cuenta, siendo adolescente, de que su físico lo marginaba, Hitchcock se retiró del mundo para mirarlo con una severidad inaudita. Cuando digo que practicó el cine como una religión, no estoy exagerando porque el mismo alude, al menos dos veces en este libro, a esa idea: “Cuando las pesadas puertas del estudio se cerraron detrás de mi…”
En una frase del diálogo de La sombra de una duda, cuando se dice: “El mundo es una porquería…” es Hitchcock, evidentemente, el que se expresa por boca de Joseph Cotten. Lo descubro de nuevo cuando Claude Rains, a media noche, como un niño culpable, entra tímidamente en la habitación de su madre para confesarle: “Mamá, me he casado con una espía norteamericana…” Me encuentro otra vez con él en I Confess cuando el sacristán asesino le dice a su mujer (que precisamente se llama Alma y que es presentada con un ángel): “Somos extranjeros, hemos encontrado trabajo en este país, no debemos hacernos notar…” Por último, a lo largo de Marnie la ladrona, sin duda su última película totalmente sentida, detrás de Sean Connery intentando controlar, dominar y poseer a Tippi Hedren, investigando su vida, facilitándole trabajo y dinero, es evidentemente Hitchcock-Pigmalión ridiculizado quién cuenta su propia historia.
En otras palabras, no es la aparición ritual de Hitchcock atravesando en rápidas viñetas cada una de sus películas lo que me interesa, sino los momentos en los que creo ver expresadas sus emociones personales, toda su violencia contenida y por fin liberada. Creo que todos los cineastas interesantes – aquellos que llamábamos autores en “Cahiers du Cinéma”, en 1955, antes de que la expresión fuera desviada- se ocultan en algunos personajes de sus películas. Alfred Hitchcock realizaba una verdadera proeza cuando llevaba al público a identificarse con el joven seductor protagonista mientras que él, Hitchcock, casi siempre se identificaba con el segundo papel, con el hombre engañado, decepcionado, asesino o monstruo, el hombre rechazado por los demás, el que no tiene derecho a amar, el que mira sin participar.
André Bazin no era un admirador incondicional de Hitchcock, pero le agradezco que, hablando de él, haya utilizado la palabra clave: equilibrio. Todo el mundo conoce la silueta de Hitchcock, la de un hombre que ha vivido siempre con miedo a perder el equilibrio. En Los Angeles tuve la suerte de encontrarme, antes de que muriera, con un viejo padre jesuita, el profesor Hugh Gray que fue, a la vez, el primer traductor de André Bazin en Norteamérica y condiscípulo de Hitchcock, en el colegio, regordete, que se quedaba aparte en el patio del recreo. Apoyado en la pared, observaba como sus jóvenes compañeros jugaban al balón, con cierto menosprecio, con las dos manos ya cruzadas sobre el vientre.
Está claro que Hitchcock se organizó la vida para que a nadie se le ocurriera darle una palmadita en la espalda. David O. Selznick lo entendió muy bien cuando le escribió a su mujer en 1938: “Por fin he encontrado a Hitchcock. Es un hombre más bien simpático, pero no pertenece a ese tipo de personas con las que uno se va de camping”
Por eso, la imagen hitchcockiana por excelencia es la de un hombre inocente al que confunden con otro, al que persiguen y que se encuentra luego cayendo de un tejado y colgado de un alero que está a punto de romperse.
Este hombre a quien el miedo impulsó a contar las historias más terroríficas, este hombre que se casó virgen a los veinticinco años y que no conoció más mujer que la suya, sí, sólo este hombre ha podido representar el asesinato y el adulterio como escándalos, sólo él sabía hacerlo, y sólo él tenía derecho a hacerlo.
Hitchcock no se ha preocupado nunca por saber lo que dicen exactamente sus películas – y menos aún por comunicarlo- pero ningún cineasta supo mejor que él describir, a través de las respuestas a las preguntas que Helen Scott y yo le hacíamos, los vericuetos que había seguido para escoger aquellas historias que le gustaba contarse a sí mismo al mismo tiempo que nos las contaba a nosotros, los espectadores.
Cuando fue inventado el cine, primero sirvió para filmar la vida, era entonces una prolongación de la fotografía. Se convirtió en arte cuando dejó atrás el documental. Ya hemos comprendido que no se trata de reproducir la vida, sino de intensificarla. Los cineastas del mundo inventaron todo y los que no fueron capaces de inventar, tuvieron que renunciar. Alfred Hitchcock se lamentaba a menudo del paso atrás que se produjo con la aparición del cine sonoro, cuando se contrataba a directores de teatro que no se preocupaban por visualizar las historias y se contentaban con grabarlas en el celuloide.
Hitchcock pertenecía a otra familia, la de Chaplin, Stroheim, Lubistsch. Como ellos, no se ha contentado con practicar un arte, sino que se ha dedicado a profundizar en él, a establecer unas leyes más estrictas que las que rigen en la novela.
Hitchcock no sólo ha intensificado la vida, ha intensificado también el cine.
Francois Truffaut – 1983
Extraído del final del libro “Hitchcock – Truffaut” (Edición Definitiva)
Links
Prólogo a la edición definitiva por Francois Truffaut
Grabaciones originales entre Hitchcock, Truffaut y H. Scott (The Hitchcock-Truffaut Tapes)
Discurso de Truffaut en el 'macabro' homenaje de AFI a Hitchcock